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Entendiendo el dolor


¿Cuántas veces oímos que una persona tiene un dolor en alguna zona de su cuerpo, pero por mucho que acude a diferentes médicos y especialistas no son capaces de dar con la causa? Los médicos no encuentran ninguna enfermedad o causa física ni, por lo tanto, cura al respecto. La persona no es capaz de dar con una explicación a su dolor. Esto  probablemente le lleve a la desesperación, a sentirse incomprendido, impotente e, incluso, juzgado.

Hoy en día, tras numerosos estudios y gracias a profesionales como el neurólogo Arturo Goicoechea, tenemos algunas respuestas.

El gran protagonista de este enigma es nuestro cerebro, el órgano más desarrollado y perfeccionado que tenemos, por lo que necesitamos conocer su funcionamiento para entender como aparece el dolor.

El cerebro, como si del capitán de un barco se tratase, recibe toda clase de información, la interpreta, genera predicciones y es el que toma las decisiones de actuar o no.

Pero, ¿qué es el dolor exactamente? El dolor es una decisión o respuesta que el cerebro da ante una amenaza percibida. Es una señal de aviso de que algo no anda bien. El dolor es una experiencia consciente y subjetiva de la persona que lo sufre. Es decir, mientras dormimos no hay consciencia por lo tanto no experimentamos dolor. Ya que es una experiencia subjetiva la intensidad del dolor puede variar ante un mismo estímulo. Por ejemplo, un pequeño golpe en la espinilla según te despiertas puede provocarte mucho más dolor que una patada en un partido de fútbol.

 

¿Cómo se produce el dolor?

Primero es importante que distingamos entre dolor y daño. Uno de los errores más comunes es pensar que el dolor se genera en el tejido que sufre el daño. Por ejemplo, cuando nos golpeamos en el dedo meñique del pie con alguna esquina, la mayoría pensará que el dolor surge en el dedo. Pero esto no sucede así. En el meñique solo surge la señal de daño, es en el cerebro donde se genera el dolor.

El dedo, donde se produce el daño, es la zona que genera que salten las alarmas, pero el cerebro es el que decide si hay actuación y de que tipo (fiebre, inflamación, dolor, limitación de movimiento…). La alarma solo genera un aviso, pero no decide qué hacer. Igual ocurre cuando se enciende una lucecita del coche como aviso de que algo falla; llevas el coche a una revisión al taller y el mecánico es quien analiza qué ha pasado, si hay algo que reparar y como, o si todo esta bien.

Esta alarma se genera gracias al sistema de nocicepción. Los llamados nociceptores, unos receptores sensoriales situados por todo nuestro cuerpo, detectan cualquier variación amenazante en el tejido y envían una señal al cerebro a través de la médula espinal. El cerebro recibe estos datos de nocividad y analiza, predice y decide si pone en marcha los mecanismos defensivos necesarios para hacer frente a la agresión.

No es tan sencillo. Para la construcción del dolor además de estos datos de tipo sensorial, se produce una sincronización con otra información de tipo cognitiva, emocional y conductual.

Entonces… ¿Puede aparecer dolor si no hay amenaza ni agresión real? La respuesta es sí. El cerebro también se equivoca, no es infalible. Es nuestro cerebro quien, con toda la información que recibe y analiza y sus actuaciones consecuentes, construye la realidad que percibimos de la mejor forma posible. Pero a veces comete error, y la realidad percibida no es exacta, por lo que pone en funcionamiento mecanismos de defensa sin que exista una amenaza real. Suena la alarma de incendios por el humo de un cigarrillo y se desaloja el edificio, pero no hay fuego en ningún sitio.

Nuestro cerebro no es una máquina perfecta. En ocasiones aprende, realiza y mantiene malos hábitos, actúa de forma perjudicial y falla en sus predicciones y construyendo la realidad.

Nuestro cerebro puede equivocarse en las dos direcciones, es decir, convenciéndose de que hay salud habiendo enfermedad, o todo lo contrario, convenciéndose de que hay enfermedad sin que exista agresión ninguna hacia el organismo, como ocurre en la fibromialgia. La persona siente dolor en situaciones en las que no existe ningún daño. Su cerebro analiza mal los datos y activa el dolor sin existencia de amenaza de nocividad. Se equivoca.

Es importante entender que la persona que sufre este dolor no lo provoca conscientemente. El hecho de que sienta dolor sin que exista un daño o una enfermedad, no significa que este dolor sea fruto de su imaginación. El dolor que siente existe y es tan real como el de una persona con daño. Aunque el cerebro esté equivocado en su análisis de la situación, el dolor que provoca siempre es el mismo, con daño o sin él. El capitán del barco recibe aviso de piratas a la vista, y decide disparar los cañones, pero los anteojos a veces juegan malas pasadas al vigilante y confunde lo que ve al horizonte. Los cañones ya han sido disparados, exista amenaza real o no, el dolor se ha generado.

 

¿Cómo se puede tratar el dolor sin daño?

El primer paso en el tratamiento del dolor es entender su mecanismo. Es necesario comprender el funcionamiento de nuestro cerebro mediante la educación en el dolor. Una vez entendidos los mecanismos del dolor se trata de cambiar su funcionamiento erróneo. El sistema de alarma está fallando en algún punto, se necesita resetear. Hay que tratar de hacer entender al cerebro que se está equivocando, trabajar con los estímulos y comportamientos asociados: miedos, estrés, conductas automatizadas, pensamientos automáticos y catastrofistas, técnicas de afrontamiento,…

Un abordaje interdisciplinar (médico, fisioterapeuta, psicólogo) en las intervenciones para el tratamiento del dolor es el camino con mayor probabilidad de éxito.

 

Laura Izquierdo

Psicóloga en formación en AFIP-Instituto Centta