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Mi hijo tiene miedo a tragar, ¿qué puedo hacer?


Para un niño, el hecho de saborear los alimentos y probar diferentes texturas debería ser un placer. Sin embargo, no en todos los casos es así. Existen multitud de problemas asociados a la alimentación que suelen aparecer en la infancia y la adolescencia. Hay niños que, en un momento determinado de su vida, sufren miedo a tragar, también llamado fobia a la deglución o fagofobia.

Esta patología se basa en un temor desmedido a atragantarse al ingerir alimentos, líquidos y medicamentos. La creencia asociada a este trastorno se basa en que el niño piensa que su garganta es demasiado estrecha como para permitir el paso de ciertos alimentos. Normalmente, este miedo surge como consecuencia de un episodio de atragantamiento con comida. Este hecho les impresiona tanto que comienzan a temer el simple hecho de tragar.

Como cualquier tipo de fobia, implica un miedo y ansiedad intensos en el momento en que el niño se expone a su estímulo temido (en este caso tragar) de manera que tratará en todo momento de evitar cualquier situación que esté relacionada con la comida.

Como consecuencia de esto, el niño comienza a descartar de forma progresiva ciertos alimentos que, desde su punto de vista, son potencialmente peligrosos, de forma que termina reduciendo su dieta a la ingesta de alimentos líquidos o muy blandos, que apenas precisan ser masticados.

La sintomatología asociada a esta fobia incluye: inquietud ante la llegada de la hora de comer y ansiedad en el momento en que se presentan los alimentos, con respuestas fisiológicas tales como: temblores, sudoración, malestar estomacal y sensación de falta de aire.

Las consecuencias que puede traer consigo esta patología son de diversa índole. Por un lado, puede ocasionar una pérdida de peso significativa que puede venir acompañada de problemas graves tales como la desnutrición y la dificultad de absorción de ciertas vitaminas y minerales. Por otra parte, debido a la desnutrición provocada por la alimentación deficitaria, puede producirse una bajada de defensas y con ella la aparición de algunas enfermedades asociadas a un sistema inmunológico débil.

Además de todo esto, el niño suele experimentar cierto malestar psicológico debido a que existen multitud de situaciones sociales en las que puede sentir una gran incomodidad al no poder compartir ciertos momentos de una forma tranquila y relajada.

En este sentido, el papel de los padres es fundamental, en el momento en que son conscientes de la situación se suelen sentir bastante perdidos y no saben muy bien qué hacer.

En muchos casos, como consecuencia de la angustia inicial, los progenitores tratan de buscar soluciones rápidas al problema y surgen situaciones no deseables tales como castigar al niño u obligarle a comer. De este modo, el problema, lejos de solucionarse, se agrava.

Exponemos a continuación una serie de pautas dirigidas a los padres que se encuentran en este tipo de situaciones:

Tratar de mantener la calma: es normal que en estos casos surjan tensiones y momentos de enfado, pero mostrarse irritado o realizar ciertas conductas como forzar al niño a comer no son la solución al problema. La idea fundamental es que el niño pueda recuperar el hábito de comer y para que esto ocurra se necesita mucha paciencia.

Controlar los tiempos: es esencial que la comida no se alargue en exceso. Si el niño se muestra agobiado es mejor retirar el plato de comida y buscar otro momento donde se pueda sentir más relajado.

Tratar de comer juntos: es importante que el niño vea cómo su familia se reúne en la mesa y disfruta de alimentos saludables, siempre que sea posible todos deberían comer el mismo menú, sin distinciones.

En caso de que el niño mantenga su rechazo a la comida por el miedo a ahogarse, es fundamental que los progenitores busquen ayuda psicológica.

En este sentido, la terapia cognitivo conductual ha mostrado gran eficacia en el tratamiento de este tipo de trastornos de ansiedad. Dentro de las técnicas empleadas para el abordaje de este tipo de patologías destacaríamos las siguientes:

  • Psicoeducación: dirigida tanto a los padres como al niño. El objetivo es que ambos comprendan el motivo por el que surge la fobia, cuáles son las implicaciones y la situación actual del problema.
  • Técnicas de respiración y relajación: con el fin de ayudarle a reducir sus elevados niveles de ansiedad ante las comidas.
  • Exposición gradual: se trata de introducir de manera progresiva pequeños trocitos de alimentos, comenzando por aquellos más blandos (gelatinas, fideos o pescado hervido) y terminando por alimentos más sólidos como frutas crudas o carne.

Como cualquier tratamiento dirigido a niños, es fundamental reforzar de forma continua al niño y dar pautas y recursos a los padres para poder manejar la situación satisfactoriamente. Con el fin de obtener buenos resultados, es importante que quien padezca este tipo de trastorno se ponga cuanto antes en manos de un especialista. En este sentido, la familia juega un papel fundamental a la hora de llevar a cabo la terapia y generalizar las pautas al contexto natural del niño. Una  vez que la intervención finaliza, sería interesante realizar un seguimiento periódico durante los primeros años con el fin de evitar posibles recaídas.

Cristina Peralta de Castro
Psicóloga en formación en AFIP-Instituto Centta